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Feminismo Verde


Entender que el trabajo que las mujeres realizan es algo central en la sociedad y no sólo una “ayudar”, “apoyo” o algo “complementario” es fundamental en la construcción de una alternativa al modelo de desarrollo capitalista, racista y patriarcal, que se mostra hoy en la llamada economía verde. Este fue uno de los aspectos destacados durante la actividad “Feminismo, agroecología y soberanía alimentaria: construyendo un nuevo paradigma para la vida humana sostenible”, realizado el 16 de abril, en conjunto por la Marcha Mundial de las Mujeres (MMM), la Vía Campesina (VC ), el Grupo de Trabajo de Mujeres de la Articulación Nacional de Agroecología (ANA), las mujeres de la Coordinadora Andina de Organizaciones Indígenas (CAOI), la CONTAG, la Red de Economía Feminista (REF), el Movimiento de Trabajadores Rurales del noreste (MMTR-NE) y el Foro Brasileño de Soberanía y Seguridad Alimentaria (FBSSAN).A partir del análisis y de los testimonios de las mujeres presentes, se concluyó que lo que se está llamando economía verde es parte de una historia de cambios que comenzaron a suceder en la agricultura en la década de 1950 y que se convirtió cada vez más en algo artificial. Este paquete de cambios, comenzaron con la denominada “revolución verde”, que se caracterizó por la expansión del monocultivo, plaguicidas y, más recientemente, por la llamadabiotecnología, con la producción de semillas artificiales, transgénico, producido en el laboratorio y que rompen los límites entre las especies. Y este proceso se ve aceleró en los últimos 20 años, después de la llamada Eco-92, dando lugar a un alarmante aumento del poder de las grandes corporaciones y de las formas de dominación de la naturaleza.


En todo el mundo, las mujeres se resisten a la mercantilización y la artificialidad de la vida. Nancy Iza, de CAOI, contó cómo las mujeres indígenas en el Ecuador están luchando por el reconocimiento de sus conocimientos tradicionales, responsable del mantenimiento y la ampliación de un patrimonio de la biodiversidad de especies. Al mismo tiempo, relató cómo eso está desapareciendo con el avance de los transgénicos GM y cómo las mujeres del campo tienen que lidiar con las nuevas enfermedades que resultan de la utilización de plaguicidas y deben ser tratadas con medicamentos industrializados, no naturales, ampliando todavía más la dependencia.


Rejane Medeiros, de la MMM de Río Grande do Norte, habló sobre la resistencia de más de 150 familias contra un proyecto de inundación de la meseta Apodi. En esa área por más de 60 años se ha desarrollado una agricultura familiar basada en la agroecología, el principio de la soberanía alimentaria y la convivencia con el semiárido. “El gobierno dice que el proyecto es para erradicar el hambre. Eso significaría fortalecería las experiencias que ya están construidas aquí. Sin embargo, la aplicación de este proyecto de riego significa que aumentan el hambre!”, cuenta Rejane. El mismo proyecto ya implementado en parte del Estado de Ceará se ha traducido en aumento de la pobreza y la explotación de los trabajadores que perdieron su tierra y tuvieron que buscar trabajo en las haciendas de la región o migrar para las ciudades como trabajadores temporales. La unidad de los movimientos sociales en la región y la apelación a la solidaridad nacional e internacional fue fundamental para detener el proyecto, que aún amenaza a la región.


En el pasado los pueblos indígenas, quilombolas y de las zonas rurales no eran considerados en los proyectos, ahora es común hablar de reconocimiento de los saberes tradicionales. Pero en el campo de las empresas eso está asociado con la apropiación y privatización de ese saber y el control de los territorios. A través de mecanismos como la REDD, por ejemplo, las empresas privatizadas las zonas forestales e indican a unas organizaciones no gubernamentales como responsables de estas áreas. Y las poblaciones que allí vivían tradicionalmente, extrayendo algún recurso para construir casas y barcos pequeños, los verdaderos responsables de su conservación, pasan a ser tratados como criminales.

Adriana Mezadri, del Movimiento de Mujeres Campesinas (MMC), destacó otra solución falsa presentada por la economía verde que son los combustibles supuestamente limpios, creados a partir de cultivo de la caña de azúcar y la soja, “son monocultivos que utilizan mucho petróleo, muchos agrotóxicos, y mucha agua, destinados al consumo externo”. Lo mismo se aplica para el cultivo de eucaliptos para la producción de papel, que abarcan territorios por más de 10 años y matan todo el suelo y la biodiversidad. “Nosotros los pueblos quedamos solamente con las desgracias, tanto social como ambiental, de ese modelo” que, además, crea dependencia del agricultor. Adriana llamó la atención sobre la necesidad de pensar en qué medida las mujeres rurales realmente tienen poder de decisión sobre qué y cómo producir, sobre todo en la agricultura de gran extensión. “Nuestro papel es reconocido, pero necesitamos avanzar más para ir más allá de la idea de que sólo ayudamos”.

Las mujeres no son pasivas, son cada vez más sujetos políticos de la historia, se movilizan en grupos y movimientos de mujeres, construyen redes, participan en los combates en áreas que sufren de estos procesos, negocian junto a los gobiernos. El impacto del capitalismo verde es vivido, pero al mismo tiempo hay resistencia y construcción de alternativas a ese modelo. En todas las conversaciones, fue reafirmada la importancia de la agroecología y la posibilidad de alimentar al mundo con otro tipo de producción y consumo de alimentos, diferente al modelo dominante, que resulta en impactos sociales y ambientales.


La economía verde no compensa

Miriam Nobre, de MMM, llamó la atención sobre dos grandes cuestiones en debate en la conferencia oficial de Río +20: La categoría de economía verde como una respuesta a la crisis económica y financiera y la situación de pobreza en el mundo y la creación de mecanismos e institucionalidad de las Naciones Unidas correspondientes a la economía verde. El principio básico de la economía verde es de compensación, y la idea de que no es necesario cambiar el modelo de producción y consumo, que una empresa pueda seguir produciendo más de lo que puede compensar, eso con alteración de alguna parte o evitando que la contaminación se produzca en otro lugar.

“Este concepto no enfrenta la cuestión de la desigualdad en el mundo, habla de combatir la pobreza, pero no la desigualdad. Esto no funciona ni siquiera en los últimos años ha habido un proceso de aumento de la eficiencia empresarial, para reducir el uso de recursos y energía para producir, pero con el incentivo para aumentar la producción y el consumo, y por lo tanto, se aumentó el uso de los recursos energéticos, pero aún más por ciertos sectores de la población y algunos sectores del mundo “, dice Miriam.


Un verdadero dilema que existe es cómo ampliar a muchas poblaciones el acceso de agua potable, energía y alimentos de calidad, al mismo tiempo que concebir a la naturaleza con derechos y no instrumentalizándola al servicio de la humanidad. Los operadores del capital – bancos, empresas, gobiernos asociados – dicen que para eso son necesarías grandes obras, tecnologías, pero lo concreto es la reducción de dicho acceso. Un ejemplo es el caso del agua. “Las mujeres somos responsables de ir a buscar el agua y tenemos que caminar varios kilómetros para tener acceso a ella. En la ONU, la solución presentada para hacer frente a este problema fue comprometer empresas, privatizando el servicio al acceso del agua. Esto sólo aumentó el precio y quienes no tenían dinero, tenían impedido el acceso al agua”. La resistencia y la movilización en todo el mundo, particularmente en Cochabamba, Bolivia, demostró que sí, es posible revertir los procesos de privatización de la naturaleza y la vida.


Web oficial de la Cumbre de los Pueblos en Rio+20