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Desde la acera de enfrente María Galindo

Actualizado: 21 de sep de 2020

El hombre violento


- 19/02/2013

Es falsa la idea de que al hombre violento le falta educación en la “igualdad hombre mujer” y que con talleres o terapias éste podría cambiar. Lo primero que hay que decir es que el hombre violento no cambia, promete que va a cambiar, se arrodilla, llora y experimenta un profundo sentimiento de culpa por las violencias que ejerce una vez que ha cometido el golpe, la paliza, la patada o el asesinato, pero es una depresión transitoria y luego reincide.


Por eso retornar con un hombre violento a una relación es ratificar su lógica violenta y es exponerse a que esta violencia se incremente. Si el hombre violento cambia de pareja, vuelve a cometer los mismos comportamientos violentos que tenía con su anterior pareja.


En ese contexto hablar de procesos de recuperación del hombre violento es hablar de algo que suena políticamente muy correcto, pero que es un absurdo y que en ninguna sociedad ha funcionado.


Es falsa también la idea de que el hombre violento es producto de un padre violento que golpeaba a su madre y que él estuviera simplemente cumpliendo un destino trágico. Hay muchísimos ejemplos que demuestran lo contrario, hay hijos de padres violentos que por el horror de la violencia sufrida en el cuerpo de sus madres han optado por la solidaridad con ella y han logrado transferir esa solidaridad hacia el conjunto de las mujeres. Esto demuestra que si bien la violencia es una constante masiva en la relación varón mujer en una sociedad machista como la nuestra, cada hombre es responsable directo de lo que hace y no un simple producto social.


Es falsa la idea de que el comportamiento violento de los hombres hacia las mujeres en la sociedad es un resabio heredado de los viejos y que las nuevas generaciones estuvieran mostrando signos de cambio. Generacionalmente la violencia contra las mujeres viene de todas las edades: viejos, adultos y jóvenes. En el caso de los jóvenes, las cifras y la casuística nos habla de que existe violencia desde el proceso de enamoramiento y en edades muy tempranas.


Es falsa la idea de que la violencia es mayor en sectores populares porque la mayor parte de las denuncias salen de esos sectores. La violencia machista contra las mujeres es un comportamiento de empresarios, banqueros, embajadores, ministros, electricistas, militares o albañiles. No hay universo masculino que se libre de ello, el indígena originario es machista y violento tanto como lo es el blancoide clasemediero.


Todos los hombres de todas las generaciones, orígenes culturales, profesiones, oficios o clases sociales son o pueden ser violentos contra las mujeres. La menor incidencia pública de casos de violencia en los sectores de clase alta urbana y blanca tiene que ver con el mayor control social que se ejerce sobre las mujeres y con el miedo de estas mujeres de perder su estatus social si denuncian la violencia de una pareja que simboliza socialmente un gran “partido”.


El hombre violento necesita controlar a su pareja, apropiarse de su vida, de su espacio, de su afectividad. Es posesivo y celoso, y castiga en su pareja la independencia, la alegría, o los sueños que ella pueda tener. Al mismo tiempo exige para sí todo: servidumbre, complacencia y gratificación permanente.


No es la mujer que sufre violencia la que tiene un problema, porque ella tiene una solución y esa es dejarlo. El que tiene el problema es él, y él no está dispuesto a verse a sí mismo como su propio problema. El mundo masculino está en crisis, resquebrajándose, pudriéndose.